«Hablaba de ella misma como de una rata (…) Se escondía detrás de las cosas y andaba por debajo de los baúles. ‘Soy una rata y debo morir‘,  decía cuando la encontraban así»: la descripción es de un tal C.J. Fisher, médico de la ciudad de Tewksbury, en Estados Unidos. Se refiere a uno de los pocos casos medianamente documentados de teriantropía -también llamada licantropía clínica-, una extraña enfermedad mental en la que los pacientes creen que son animales

«Ladraba, gruñía y se ponía en cuatro patas»

Los registros indican que lobos, perros, caballos, pájaros, chanchos y hasta ranas han aparecido en los delirios de los pacientes. Y Mendoza tiene un representante tan dudoso como célebre. Nicolás Gil Pereg, acusado de matar a su madre y a su tía en enero de 2019, jura que es un gato. Sea por simulación o por delirio real, no es la única persona del país que asegura no pertenecer a la especie humana. Para rastrear más, solo hay que investigar. Allá vamos.

El hombre que se creía perra

En un trabajo titulado Delirio de licantropía: cuerpo e indentidad, tres médicos argentinos explican el caso de un hombre que recibieron en julio de 2012 en el servicio 5 del Hospital Borda de la Ciudad de Buenos Aires. El paciente A.S, de 37 años, llegó al nosocomio en «modo perra». Cita textual del paper: «ladraba, gruñía, realizaba movimientos coitales y adoptaba posición de cuatro patas». 

¿Cómo llegó A.S a esa situación? Los especialistas consignan que, en una época, trabajó como letrista. Los letristas son los tipos que escriben carteles en las pizarras y letreros de los negocios. Bien: su existencia era relativamente gris hasta que conoció a una chica por Internet, con quien convivió durante 4 años. Pero -¡ay!- la pareja se desgastó, porque otro hombre llegó a la casa. Durante un tiempo, fueron tres bajo un mismo techo. El «nuevo» dormía con la mujer y A.S se mudó al sillón del living. 

Como la relación no daba para más, A.S se mudó solo a otro departamento. Su padre lo vio bajoneado, lo quiso alegrar y le regaló una perra «para que le hiciera compañía».

Pero atención, porque he aquí que una noche:

«Mientras A.S. miraba un programa de televisión, decidió masturbarse, y mientras lo hacía sintió la mirada de su perra. Relata que entonces tuvo una ‘transmisión de pensamiento’ con el animal y que, desde ese momento, podía entender los ladridos»

Cuando el padre lo fue a visitar, vio al departamento desordenado y sucio. A.S lo miraba, en cuatro patas, medio echado sobre la cama, «y -citemos al paper otra vez- hasta levantaba la pierna para orinar«.

De esta manera es que A.S. terminó internado en el Borda. Tras 7 meses de tratamiento, fue dado de alta. Al momento de redactarse el informe de los médicos, el hombre ya había vuelto a trabajar como letrista y vivía otra vez en su departamento (aunque sin la perra). Guau.

El mejor amigo 

Los casos de teriantropía son raros. En su mayoría, se trata de pacientes con graves problemas mentales. Y entre tanta tristeza y aislamiento, el lector curioso encuentra una pequeña anécdota que echa luz sobre lo profundo que puede ser el afecto entre humanos. En el libro Psicoanálisis de la amistad, del estonio Ignace Lepp, se cita la experiencia de dos enfermos que se habían hecho amigos durante la internación en un psiquiátrico. 

Un sólido lazo unía a estos dos pacientes. Se comportaban como amigos no solo en los momentos de lucidez, sino aun cuando caían en el delirio— anota Lepp.

Si se brotaban, uno creía que era un caballo y automáticamente el otro empezaba a actuar como un perro. Lepp concluye: «Trotaban juntos en cuatro patas; se conducían como un caballo y un perro que se quisieran mucho y parecían comprenderse admirablemente. Tan solo la amistad resistía a la acción destructora de la locura».

El amor cruza fronteras, a veces incluso las del delirio. Otro día habrá que referirse a los Otherkin. Ahora, a la cucha.