Nos relajamos. Todos. El pase a la fase 4 tenía un riesgo: que la gente crea que se terminó la cuarentena. Aunque lo único que cambió fue la autorización a los deliverys de algunos rubros que estaban prohibidos, pareciera que el mensaje no se entendió y que retrocedimos varios escalones.

Dos escenas del jueves al mediodía en la zona sur:

Primera. Rotisería. De las cuatro personas que hay en la fila, tres no llevan barbijo. Una de ellas tenía un tapaboca, pero se lo bajó apenas se sentó a esperar su pollo.

Segunda. A poco metros de la rotisería hay un local de venta de alimentos para animales. En la puerta hay cuatro personas sentadas en una pequeña mesa cuadrada. Ninguno lleva barbijo. El vendedor ni siquiera se lo coloca para atender al público.

La situación empieza a repetirse en los barrios. También se ven juntadas de jóvenes en las plazas. Lo que ya no se cumplía durante las etapas más duras del aislamiento ahora se potenció. Sólo se respeta en el centro, quizás por la presencia policial.

Los que también relajaron son los controles de la policía. Es ostensible. El «siga, siga» pasó a ser la regla. Y prácitcamente no se ven controles sorpresa por las vías que todos saben que se utilizan de manera habitual para esquivar los puestos.

En el centro tampoco se respeta el distanciamiento social. En los bancos las autoridades tuvieron que colocar policías para pedirle a la gente que deje espacio en las filas, como si pegarse al de adelante tuvera algún efecto sobrenatural y acortara los tiempos de espera.

Nos relajamos. Quizás porque no se entendió el significado de la «cuarentena administrada», quizás porque hay pocos casos, quizás por una suma de ambos factores. Lo cierto es que las autoridades deberían tomar nota. Salvo que el objetivo sea buscar el famoso «pico de contagios» que por ahora parece estar tan lejano.