Fernanda Russo cambió. Ya no es la misma que cuando tenía 14 años. A esa edad conoció lo que era ser olímpica. Compitió en los Juegos Olímpicos de la Juventud y fue medallista en una prueba mixta. Pero más allá de traer un metal colgado del pecho de la ciudad china llamada Nanjing, conoció un mundo que la deslumbró. Después de eso vinieron los Juegos Panamericanos de Toronto. Y ahí volvió a aparecer en escena: segundo puesto en su prueba -carabina de aire 10 metros- y clasificación para Río 2016.

Fernanda tenía 16 años cuando hizo su estreno olímpico de mayores. Quedó entre las 20 mejores, pero ese no fue el mejor resultado que logró en el polígono. “Era diversión porque me encantaba competir, era la parte más pura de la condición reflejada en la competencia. Pero después de Río entendí que necesitamos muchísimo más trabajo”, confesó la atleta que nació en Córdoba y a los 6 meses se mudó a La Rioja, en una de las producciones especiales de Infobae con los deportistas que viajarán a Japón.

Fernanda se convirtió en una profesional del tiro deportivo en Argentina. A pesar de todo, y luchando contra todo. “Si no hubiese vivido las dificultades que viví en su momento, no sería la persona que soy hoy, ni la mujer que soy hoy, ni la deportista que soy hoy”, repitió cerca de la línea de tiro, su lugar en el mundo por elección.

Ahora, cuando sólo restan 17 días para tener su segunda experiencia olímpica en Tokio 2020, aquella nena que fue de la mano de papá a un polígono y descubrió que tenía un talento especial para hacer la disciplina que hace, continúa buscando su mejor versión. Porque ese, sin dudas, es un mandato que Fer tiene marcado a fuego en su corazón. Una condición que le permitió seguir adelante a pesar de que el presente se hizo futuro. “Es una búsqueda constante de la felicidad tirar para mí. Y sí, hay partes difíciles del proceso, y hay cosas que uno tiene que dejar de lado, y decisiones difíciles que uno tiene que tomar en pos de este orden de prioridades que uno tiene, ¿no? Pero, al final del día termina siendo… no un sacrificio, dejar cosas de lado por lo que uno ama”. Con ustedes, la historia de una mujer que lleva tatuados los valores olímpicos en su piel.

– ¿Cómo transitaste todo lo que pasó con los Juegos Olímpicos de Tokio?

– Pasé por varias instancias. El hecho de que se hayan postergado un año los Juegos me pegó al principio, porque bueno, veníamos todos embalados de que era por ahí… (risas) y resultó que no era por ahí. Fue difícil adaptar la cabeza a la situación que estábamos viviendo porque me parece que nadie tomó dimensión concreta de la gravedad que tenía hasta que nos vimos todos encerrados, con miedo de salir, y de que le pase algo a alguien que uno quiere, ¿no? Obviamente, al principio digerir todo esto fue difícil, pero tener a mi equipo a la vuelta, sosteniéndome en el sentido de decir ‘no importa, un año más es un año de oportunidad, es un año de buscar siempre tu mejor versión como lo hiciste hasta ahora. El año que viene vas a ser mejor, dentro de dos años vas a ser mejor y cualquier futuro va a traer una mejor Fernanda que la que tenés hoy’. Entonces, con eso en la cabeza fue mucho más fácil de pasarlo. Obviamente, hubo momentos difíciles por el hecho de estar encerrados, de no poder proyectar hacia dónde íbamos en el sentido de ‘cuándo’. Tener una fecha concreta de cuándo es que las cosas van a pasar por un lado. Y segundo, adaptar la disciplina a lo indoor, pero a lo más indoor, porque la distancia es lo que define a la disciplina. Entonces, el hecho de no tener esa distancia para entrenar, hizo todo mucho más difícil e hizo todo mucho más complicada la vuelta. Porque la cabeza se acostumbra Uno no se da cuenta, pero uno se está tratando de adaptar todo el tiempo a lo que tiene. Me ayudó mucho para reencontrarme conmigo, para parar la pelota un segundo y decir ‘bueno, prestémosle atención a las cosas que en la vorágine del día a día no le prestamos atención’. Y me volví a enamorar del deporte. Me volví a enamorar de la Fernanda que compite, la Fernanda que busca todo el tiempo ser mejor, que por ahí a veces se me pierde. Fue elegir, y elegir todos los días que esto es lo que quiero para mí, porque bueno, las situaciones difíciles son lo que a uno hace que se le reafirme concretamente que esto es lo que quiere. Porque en lo fácil, las cosas van. Pero cuando se embarra todo, y hay que tomar decisiones complicadas en el proceso, es cuando uno se da cuenta que esto es realmente lo que quiere. Y eso me pasó a mí.

– ¿En algún momento te planteaste la posibilidad de decir ‘esto no es lo que quiero’?

– No. No, no, para nada. O sea, puede pasar, pero nunca se me cruzó por la cabeza que esto no era lo que yo quería para mí. Pero sí estaba entendiendo que iba a tener que adaptarme mucho más de lo que ya me venía adaptando y no sabía si iba a poder salir airosa de ese proceso. Porque obvio, uno intenta. Intenta con la fe de que las cosas van a salir, el bichito en la cabeza de ‘uy, las cosas no salen’, está presente. Y por ahí eso fue lo más difícil. O lo más cerca de que eso no era lo que quería para mí. Pero, no. Yo sin esto… Esto me define. Me hace ser quien soy. Obviamente, la vida no se termina en el deporte, no se termina en los Juegos Olímpicos, no se termina en una medalla, ni mucho menos. Pero yo hago esto por quién soy, y soy esto por lo que hago. Es un ida y vuelta como que no lo puedo separar… (risas)

– ¿Cómo empezó tu amor por este deporte?

– En el 2010, por mi papá, que toda la vida fue fanático de las armas y el deporte en general, ya en casa venía haciendo ruido la idea de que la nena algún deporte tenía que hacer. Y bueno, la idea brillante fue de papá, que me acompañó un día medio de cómplice y me dijo ‘che, ¿me acompañás que tengo que hacer un trámite?’ Y, oh casualidad, era el mismo horario de la escuela de tiro y me enganché. La verdad, no te digo que fue amor a primera vista. Me encantó. Me encantó la disciplina, me gustaron muchísimo las condiciones que yo tenía para la disciplina, porque de eso me di cuenta rápido, de que me era un poco más fácil que para mis compañeros. Tenía una predisposición natural, y eso ayuda, porque te hace sentir bien. Pero, a medida que los años fueron pasando, igual esto empezó muy de chica porque en el 2010 tenía 10 años, como que me encontré en un mundo donde no concebía la idea de vivir sin esto. De que esto no fuese parte de mi día a día, de que no estuviese en mi cabeza. Y cuando más grande me fui haciendo, más grandes fueron los compromisos que fui asumiendo a nivel competitivo, porque en algún momento pasé de tirar ‘iniciación deportiva’, que es lo que se tira en los Juegos Evita, a tirar disciplinas olímpicas que es lo que tiro hoy en día, pasé a entender en el mundo en el que estaba viviendo. Adónde estaba empezando a apuntar, valga la redundancia, porque es literal, empecé a sentir que me movía como pez en el agua y que esto era lo mío. Y de un día para el otro fue como ‘ya está, esto es lo que quiero’.

– Sólo 4 años después de que empezaste el deporte fuiste a los Juegos Olímpicos de la Juventud en Nanjing y ganaste una medalla. Al año siguiente, en los Panamericanos de Toronto, sacaste medalla de plata y clasificaste a tus primeros JJOO. Y en el 2016 tuviste tu primera experiencia olímpica de mayores con 16 años. Viéndolo hoy, ¿cómo procesaste todo eso?

– Sí, fueron como cachetazos de loco, claramente. Yo creo que no lo procesé. O sea, hoy lo tengo procesado, pero el proceso en sí, viéndolo en perspectiva, por ahí me pegó un poco más después de Río. O sea, desde el 2010, pasando por el 2014, 2015, era pura inconsciencia. Sí, obviamente, era trabajo, era elección pura, pero al mismo tiempo por ahí no dimensionaba el calibre que tenían las cosas en las que me estaba metiendo. Y lo que por ahí nos toma, o el sacrificio real que hace un deportista para estar en estos lugares. Entonces en ese momento era fiesta, era diversión, porque me encantaba lo que estaba haciendo. Era diversión porque me encantaba competir, era la parte más pura de la condición reflejada en la competencia. Pero después de Río entendí que necesitamos muchísimo más trabajo. Y se necesitan mirar un montón más de aspectos que por ahí si no estás metido en el alto rendimiento no los tenés en cuenta. Eso de entender como que todo suma y todo resta, dependiendo de cómo uno canalice ese tipo de cosas, es cómo vas a ganar o perder de acuerdo a las cosas que hagas. Es entender la sumatoria de los detalles, es trabajo fino, diario y sacrificado con convicción. Eso, en un momento, me pegó como un baldazo de agua fría, porque de no entenderlo lo vi de golpe, pero al mismo tiempo entendí que esto era lo que yo quería para mí. Entonces, si yo a la felicidad la encontraba tirando, sintiéndome pura dentro de la línea, iba a ser lo necesario para seguir sintiéndome así. Y hoy en día sigue siendo así. Porque tirar es una búsqueda constante de la felicidad para mí. Y sí, hay partes difíciles del proceso, y hay cosas que uno tiene que dejar de lado, y decisiones difíciles que uno tiene que tomar en pos de este orden de prioridades que uno tiene. Pero, al final del día termina siendo.. no un sacrificio, dejar cosas de lado por lo que uno ama.

– Por lo que comentás, después de Río 2016 te convertiste en una atleta profesional. ¿Cuán difícil es ser un atleta profesional en nuestro país?

– Es difícil intrínsecamente por todas estas desigualdades que nombramos, que las entendemos y que las tenemos todos de fondo en la cabeza porque somos argentinos. Entonces las entendés, y no necesitamos pensarlas para sentirlas, pero me parece que el problema real está en cuando uno se enfoca en la desigualdad. Porque en sí, esa desigualdad, y que las cosas sean difíciles, que tengan que ser todo a pulmón, que nosotros entendemos y sentimos, toma tamaño, envergadura, y se vuelve un monstruo horrible si nosotros le damos ese lugar. Yo preferí tirarlo para el lado de que todas esas dificultades me van a hacer más fuerte. Y me van a hacer más fuerte independientemente del resultado. Y por ahí, si no hubiese vivido las dificultades que viví en su momento, no sería la persona que soy hoy, ni la mujer que soy hoy, ni la deportista que soy hoy. Ni técnicamente sería la tiradora que soy hoy. Entonces, es como que las agradezco en un punto. Porque entiendo que es parte del camino y nosotros tenemos este tipo de dificultades. Hay otros competidores que tienen otras diferentes y que las perciben de manera diferente por los lugares donde viven y por las experiencias que transitan. Entonces, todos cargamos un poco nuestra cruz. Yo creo que es más sano aferrarse a esas cosas, sacarles todo el provecho que uno pueda y si en algún momento, cuando uno hace el balance final dice, ‘bueno, no tuve el resultado final que esperaba’, por lo menos sentirse tranquilo de que todo eso te hizo una mejor persona y un mejor deportista independientemente de todo.

– En los últimos años se generó una revolución con la mujer en todo el mundo buscando condiciones más igualitarias. ¿Cómo ves ese proceso en la sociedad y el deporte?

– Tanto en el macro como en el micro, no, voy de lo más chico a lo más grande, en el tiro deportivo particularmente es difícil ver esa desigualdad desde adentro. Por ahí está el preconcepto de que el tiro es para los hombres y todo eso a lo que estamos acostumbrados a ver. Que no es un deporte femenino… Que en realidad es pura desinformación. Eso desde afuera. Desde adentro no se siente así porque la distribución de recursos dentro del plantel es igualitaria, porque el trabajo que tenemos es igualitario, porque no hay diferencias entre yo y mis compañeros varones. Ni entre mis compañeras mujeres y mis compañeros varones, porque ni siquiera tiene que ver conmigo. Esa es una visión que se tiene mundialmente en el tiro. Y a nivel macro, sí está habiendo un cambio, de que la gente está empezando a entender que las diferencias existen y van a existir toda la vida. Porque los hombres y las mujeres no somos iguales, pero encontrar ese punto común en la diferencia y esa dualidad es lo que nos va a hacer crecer. No necesitamos ser iguales para tener las mismas oportunidades, todos tenemos aptitudes diferentes y condiciones distintas por el género que tenemos. Pero no por eso vamos a tener menos oportunidades o menos chances de mostrarle al mundo cuál es nuestro potencial. Yo creo que por ahí vamos. Argentina lo siente mucho en ese sentido: somos un país que se aferra mucho a eso, y creo que va a ir cambiando. Creo que estos cambios son progresivos. O sea, meterse en la cabeza de la gente para tratar de dar vuelta la rosca es complicado, toma trabajo, tiempo y difusión. Yo creo que va por ahí, y me deja muy tranquila. No sólo por mí, por mí futuro, sino por el futuro de las generaciones que vienen. Porque tampoco me gustaría pensar que detrás mío hay mujeres que la van a tener más difícil por el solo hecho de ser mujer.

– Ya conocés el escenario olímpico. Tenés más experiencia deportiva y de vida. ¿Qué esperas de Tokio 2020?

– Creo que no va a ser comparable. Como no es comparable… No van a ser comparables las citas olímpicas. De por sí no eran comparables en una situación normal, porque como bien decís vos, el momento es distinto, porque uno está distinto, porque uno encara las formas de manera distinta, porque muchas veces los ciclos son distintos. Es imposible repetir un ciclo de unos Juegos a otros. Pero, sumándole toda esta cuestión de la pandemia, de este año de más, trato de no imaginarme nada. De no ir con una idea concreta porque sé que todo este panorama cambia todo el tiempo, pero lo que sí sé es que nos va a hacer bien como sociedad eso de poder ver una luz al final del túnel. El hecho de que las cosas se pueden hacer con trabajo y que sí, va a ser difícil, y porque la situación mundial no va a cambiar a partir de que los Juegos se hagan o no, pero entender de que a nosotros, sí. Porque nuestra vida muchas veces pasa por esto. El deporte es una de las pocas cosas, seguramente no es la única, pero es una de las pocas cosas que nos unen como sociedad. Independientemente de cualquier referencia: género, religión, nacionalidad, color de piel, lo que sea. Eso visto, desde la perspectiva de que todo el mundo no tiene la unión que tenía antes, por el miedo y por cómo se dieron las cosas en todo este tiempo, yo creo que nos va a hacer bien. Y de la competencia en sí, y de la cita olímpica, estoy esperando que me sorprenda. Porque nos va a sorprender. El hecho de que los Juegos puedan florecer a pesar de todo lo que pasó, va a ser increíble.

– ¿Cómo definirías ser atleta olímpico y lo que eso significa para tu vida?

– Es una mezcla de cosas. Lo que primero te define como atleta olímpico es la pasión. La pasión que uno tiene por su deporte en sí, y porque sin pasión y sin amor por estas cosas no se saltan los obstáculos que a veces se presentan. Pero para mí, para Fernanda, significó un cambio de visión en todo. Es una manera de ver el mundo. Se te hace tan carne, que es una manera de encarar las situaciones que se te presentan. Y es también entender que si uno puede saltar los obstáculos deportivos, también vas a poder saltar los que se te presenten en cualquier ámbito. Es resiliencia, es pasión, es amor por el deporte, amor por uno mismo. Porque son elecciones, son elecciones que uno hace porque disfruta lo que hace. Si eso lo extrapolamos al resto de los ámbitos, es una vida hermosa.

– ¿Cuántos Juegos Olímpicos creés que vas a tener?

– Es complicada esa pregunta. Si lo veo tipo impulsivo, te digo que ocho, siete. Pero bueno, también entiendo que es el momento. Son las elecciones que tomo hoy, y que eso podría cambiar y estaría perfecto que cambien y sé que probablemente mis prioridades cambien, pero en ese momento decidiré si esto es lo que sigue ocupando el top 1 de la lista y del ranking. Pero así, te digo que ocho.

Fuente: Infobae

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