A lo largo de mis años de periodista y de ver y conocer a muchos protagonistas de la política riojana, tras haber trabajado en el Congreso de la Nación y ver los escalofriantes excesos de diputados y senadores, me di cuenta que la mayoría de los políticos son parte de una logia, que se cubren entre ellos. Dentro del recinto debaten y se dividen en partidos políticos, pero afuera disfrutan de los mismos privilegios que si los conocieran los ciudadanos de a pie en La Rioja estallarían de bronca.

Es decir, comparten formas y modos de hacer política y de vivir, muchas veces hasta son amigos o cómplices, pero cuando se prende la cámara de algún medio importante comienza el teleteatro partidista y egocéntrico para seguir con la farsa de ser custodios de nuestras penas y necesidades. Incluyo también a gremialistas millonarios que tienen, en algunos casos, 40 años al frente de un sindicato.

Expresado esto, hoy La Rioja quizás tenga el peor escenario democrático de los últimos años, por un sólo y peligroso motivo: no tiene oposición.

La oposición es fuerte y presente cuando controla, denuncia, crea propuestas de bienestar a los ciudadanos, construye alianzas para crecer, se la ve presente entre los vecinos, crea proyectos incansablemente aunque sea minoría.

Hoy quizás existen tres referentes opositores que por muchos años también se perpetraron como una oposición activa, pero que al final fueron también cómplices de todos los males de la provincia. Hasta varios radicales se pasaron a las filas del peronismo, casi sin vergüenza, ostentando cargos legislativos.

Y sin oposición, en un sistema democrático -como lo dije alguna vez-, la corrupción descontrolada tiene las puertas abiertas. Aunque el gobernador quizás tenga la mejor de las intenciones, con eso no basta.

En una Rioja pobre, con sueldos en negro y míseros programas de asistencia, sin desarrollo productivo e instituciones sin rendición publica de gastos por años, y la sistemática «emergencia económica» que le da poder al gobernador de gastar sin discreción. De todo esto la oposición también es cómplice. Sin mencionar que nunca denunciaron a nadie, o que lo poco que denunciaron, se cayó.

En ese sentido, en un interesante artículo publicado en Animal Político, César Hernández González sostiene: «Un gobierno sin oposición, en el peor de los casos, significa lacerar el régimen democrático, ya sea de una manera legal mediante la reducción o supresión de derechos, libertades e igualdades de las minorías; o bien, de una forma ilegal a través de persecusiones individuales o a la prensa. Cualquiera de estos actos sentaría las bases de una autocracia o una tiranía y el fin de la democracia».

En la misma línea, en otra columna Imelda Daza Cortés suma: «En todo régimen democrático la existencia de una oposición legítima y organizada es un requisito indispensable para garantizar el buen desempeño del partido de gobierno y el respeto a los derechos ciudadanos. El consenso y el disenso son prácticas políticas propias de una democracia efectiva porque garantizan la convivencia, el debate, la discusión y  finalmente el acuerdo en bien de todos».

Nada de esto ocurre en La Rioja. El recto accionar del partido gobernante es importante, pero igualmente lo es el derecho a cuestionar, de criticar, por parte de los partidos o grupos de oposición, incluyendo a sectores de la prensa, párrafo aparte sobre el que más adelante daré mi opinión.

No puede haber democracia legítima ni plena sin ojos vigilantes y sin voces críticas. La democracia política requiere de opositores, es una exigencia para la tranquilidad de todos los riojanos, incluso para el oficialismo.